
En Valledupar, el bronce parece tener más prensa que la carne y el hueso. Mientras miles
de turistas hacen fila diariamente en la Glorieta de Los Juglares para tocar la estatua dorada
de Diomedes Díaz, a pocas calles, en la intimidad de su hogar, camina despacio un hombre
que no necesita ser esculpido para ser leyenda: Nafer Durán.
A sus avanzados años, «Naferito», Rey Vallenato de 1976 y patriarca de una de las dinastías
más sagradas del folclor, encarna la urgencia de la categoría «Memoria Viva». Él es,
literalmente, la historia que todavía puede contarse a sí misma.
La Voz detrás del Himno
Para el mundo, Nafer Durán es el compositor de «Sin ti», quizás una de las canciones más
versionadas de la historia del vallenato. Pero reducirlo a un éxito radial es un error
periodístico. Nafer es el eslabón perdido entre la juglaría errante —esa que iba de pueblo en
pueblo con el acordeón al hombro— y la profesionalización del festival.
Su tono menor, su digitación única y su capacidad para narrar la melancolía del Caribe son
un patrimonio que ninguna Inteligencia Artificial podrá replicar. Él no aprendió en
academias; aprendió del viento y de la sangre de su hermano, el gran Alejo Durán.Homenajes en Vida vs. Póstumos
La crítica cultural en Valledupar debe ser incisiva en este punto: ¿Por qué la ciudad es tan
eficiente inaugurando monumentos y tan lenta protegiendo a sus ancianos ilustres?
Mientras el Parque de la Leyenda Vallenata se erige como un coloso de concreto para los
grandes espectáculos, figuras como Nafer a menudo quedan relegadas a un segundo plano
mediático, apareciendo solo en homenajes esporádicos. Existe una deuda institucional y
social. La «Memoria Viva» no se preserva con placas; se preserva garantizando que estos
maestros tengan una vejez digna, rodeados no solo de aplausos, sino de estudiantes que
absorban su técnica antes de que sea tarde.
La Última Oportunidad
Visitar Valledupar y no intentar escuchar la historia de Nafer es quedarse con la versión
turística de la ciudad. Las estatuas, como la de Diomedes, estarán ahí por siglos, inmutables
y sonrientes para la foto. Pero la voz de Nafer, con sus pausas y sus recuerdos nítidos de la
provincia de antaño, tiene fecha de caducidad.
Nafer Durán es un recordatorio viviente de que el vallenato no nació en una tarima con
luces LED, sino en el patio de una casa campesina. Honrarlo hoy, ahora que todavía puede
escuchar nuestro aplauso, es el único acto de justicia válido. Que el bronce espere; hoy es el
tiempo de la vida.








